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Por: Luis J. Valverde P. – Comité de Educación - C. V.
Como es de pensar, para visitar al Rey no se puede ir con ropa muy deslucida, por lo que un poblano vio el anuncio y trabajó día y noche para comprar un mejor traje, porque no podía presentarse con sus viejos harapos ante el Rey. Cuando iba de camino se encontró con un mendigo que titiritaba de frío, sin mucho que pensar se quitó su ropa nueva y se la entregó, aunque eso significaba pensar que no podía presentarse así ante el Rey. Al encontrarse cerca del palacio se acerco para echar un vistazo, de repente observó gran cantidad de gente bien vestida, que comenzaron a reírse de él, al ver aquel pretendiente con aquel traje de harapos; no obstante lo hicieron pasar. Grande fue su sorpresa cuando observó que la ropa que el Rey tenía puesta era su ropa, la ropa que minutos antes él le había regalado a aquel mendigo. El Rey bajó, y delante de todos los que ya había entrevistado, abrazo fuertemente al campesino y le dijo: Bienvenido sea hijo mío, y les explicó a todos lo que este había hecho. Esta pequeña historia nos hace meditar y saber que los títulos, un costoso celular, los trajes, las tarjetas de presentación, y otros “tesoros” siempre tendrán un valor muy relativo. El verdadero tesoro es lo bueno que podamos hacer por los demás y lo que podamos guardar en nuestro corazón. El mundo en el que vivimos está desintegrándose por falta de amor a Dios y a nuestros semejantes. No sea usted uno de esos que nada le importa lo que le pase a su prójimo, o peor aún hacerle el mal sin ninguna causa. Que esta meditación no se una más, y que de corazón, a partir de hoy nos comprometamos a cambiar y mejorar nuestra forma de ser. Debemos trabajar para mejorar el jardín, y donde se siembran flores quedan buenos recuerdos. Este debe ser nuestro lema, pues un simple gesto de cariño, vale más que el mismo oro.
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